viernes, 11 de enero de 2008

El concierto

"¡No a nosotros, Señor, sino que a tu nombre sea la gloria".
¡Qué bendición! No creo que nadie quede indiferente a lo sucedido anoche en el Teatro Municipal de Temuco. Casi 80 voces, unos 40 músicos, casi mil asistentes para el concierto de gala del Centenario. ¿Con qué objetivo? ¡Celebrar la gloria de Dios! Sí, lo pasamos chancho...
Al respecto, un par de reflexiones:
1. La inspiración. Haendel pudo ser un músico más, pero su "¡Aleluya!" trascendió el tiempo y a la historia por su composición sobrecogedora, con una letra basada al milímetro en las Sagradas Escrituras. Dios inspiró a este hombre que puso su talento a al servicio del Creador para dar rienda suelta a la creatividad divina. ¡Aleluya!
2. La ocasión. Por estas mismas páginas hemos leído a quienes sostienen que no hay nada que celebrar. Pues, en estos 100 años, a pesar de nosotros mismos, Dios se ha manifestado. No podemos dejar de agradecer a Dios por las miles de personas que han llegado a los pies de Cristo en iglesias bautistas durante este siglo. Ese sólo punto, la gratitud, hacían necesario en este Congreso algo como lo de anoche, una obra musical monumental para engrandecer el nombre de nuestro Señor. No para hablar de "nuestra obra", o de la obra con apellido "bautista", sino para transparentar nuestro único sentimiento: que todo depende de Él.
3. La ofrenda. Me preguntaba, ¿qué motiva a esos hermanos que cantaron y tocaron sus instrumentos anoche? Centenares de horas de ensayo, varios miles de pesos gastados en locomoción y pasajes para estar en Temuco, arriendo de ropa especial (los hombres estaban hasta con humita). Ciertamente, alabar a Dios. Así como miles de hombres en estos 100 años han entregado parte de sus vidas a servir a Dios en iglesias bautistas.
4. La polifonía. Violines, violas, fagots, contrabajos, chelos, pianos, sopranos, tenores, bajos, contraltos. Poco brillo tendría cada uno sonando a su propio ritmo y tono. Pero siguiendo las órdenes de una batuta, se conjugan y obtienen una armonía indescriptible, que llega al alma. Es como nosostros mismos. Nuestra loca geografía humana y congregacional nos asemeja a la orquesta. La clave está en dejarse dirigir por la batuta del Espíritu Santo. No desafinemos ni tratemos de tocar lo que nosotros mismos queremos. Sometamos nuestras capacidades e incluso nuestras falencias, a esa batuta celestial.
Gracias hermanos por lo que hicieron anoche. Dios les bendiga.

No hay comentarios: